Postal de Soria


Benigno Santiño – En Soriaymas.com 28/11/2002  

En una mañana de mayo, en 1994, tuvimos el privilegio de servir de cicerone al escritor y periodista Benigno Santiño por las calles de Soria, cuyo relato publicó en Segovia, y en “Revista de Soria” (Ángel Almazán).

Quise haberme perdido por la ciudad de Soria y amanecer -peregrino, viajero o vagabundo soñador- entre los juncos del Duero.

Pero no pudo ser porque mi amigo Ángel Almazán -perseguidor de mitos, leyendas doradas, vecino de todos los pueblos abandonados, que es una especie de relator oriental, pero sin barba-, dióse al empeño de apretar el tiempo, y en un par de horas abrir la tentación sobre el cuerpo siempre aparejado para la sorpresa, de Soria.

¡Tantas definiciones como lluvia la han empapado y embellecido…!, que uno, de parvos pensamientos a la postre, prefiere quedarse en su pobreza e imitar el vuelo matinal de la alondra que busca los dones de la primera luz.

Y paseamos por Soria. Por aquí una esquina épica y cidiana, la siguiente una acuarela infantil con bancos en la plaza -¡ay, ausente, de niños vestidos de marinero!­ casi “naif” en el breve apunte del carrito de helados: de chocolate los saborea el jubilado, de limón y menta la adolescente sin trenzas y vaqueros; para el paladar del docto canónigo el más mesurado sabor de la vainilla. Brillan las tapaderas cónicas al sol casi de verano y el gorrión callejero y descarado desde el canalón, tal vez se acuerda de Gómez de la Serna. Viejo carrito de los helados en el callejero sentimental de Soria que Dios te guarde, y perdona mis prisas tontas para no pedirte un cucurucho de nata y de fresa.

Y el rosario de pasos continúa frente a la románica iglesia de San Juan de Rabanera, orientalizada con relieves vegetales, dando cobijo a la portada del arruinado templo de San Nicolás. Siempre escuchando el diálogo silencioso de los personajes sorianos que, en severa teoría de estatuas, guarnecen la fachada de la Diputación Provincial. Adivinamos el diálogo para una retórica de la historia. la voz del rey y del abad, de la martir, del obispo y de la monja mística.
Muchas voces pueblan este aire de Soria porque también son muchas las memorias, tantas como el vuelo de los pájaros que los canteros románicos domestican y enjaulan en la piedra, con dragones, serpientes y horizontes esotéricos. La arquivolta y el tímpano de “Santo Domingo”, incopiable, nos asombra y habita para siempre en esa profusión de imágenes de heráldica bíblica, con el perfume de Poitiers, exultante, acomodado en este rincón de Castillo; pero según miro, bajo las vestiduras litúrgicas nace el guiño irónico de algún cátaro o albigense a punto de meterle un gol al severo Domingo de Guzmán en su propio campo.

Pero otra civil ceremonia hay que buscarla a la sombra del viejo poeta, y en Soria no puede ser otro que Antonio Machado. El busto al aire, al solo a la nieve. Quieta plazuela. Su aula conserva el carácter sereno de una pedagogía escrita con rosas, verdes, azules palilleros y tintas que los colegiales salpicaban en los cuadernos donde también el poeta escribía de álamos, caminos, armaduras y cartas a una Leonor frágil, que entra por la puerta de su vida.

En este recordar, para mí el aire de mayo se tiñe de violeta. Era mediodía en el Palacio de los Ríos, de portada renacentista. Otra luz violeta y amarilla alumbra una exposición de antiguas fotografías; y allí estaban Antonio y Leonor, los pastores con zahones de cuero, los feriantes, las diligencias a la puerta de las ventas sosegadas y la negra estampa del amortajado cadáver de aquel torero de media leyenda que fue “Nacional II”.

Nos fuimos siempre con prisa a mirar casonas y escudos por la calle Zapatería; al encanto provinciano de la Plaza Mayor; y otra vez Machado sombra nostálgico en la iglesia de “Nuestra Señora la Mayor”, escenario de su boda en 1 909; y el reloj que fue municipal y ahora pertenece a la “Casa de la Cultura” cantado por el poeta; y la torre de aquella Doña Urraca huída entre escolta de lanzas,
y la “Casa de los Linajes”, y… esas voces que no quieren parar. La voz de los pregones, la voz de la declaración primera del estudiante, la voz de todos los ausentes que aquí fueron y están, en los espejos del recuerdo. Son fáciles de encontrar en esta Soria viva en sus piedras como en sus comercios y librerías decimonónicas, en el sosiego del casino, las calles nobiliarias…

Quiero volver a Soria, plural y sin embargo sencilla. De muchas lecturas, pero siempre guardando la dimensión de un paisaje humanístico, donde cabe la fábula del unicornio, el barroco intelectualistmo de Sánchez Dragó y el mármol de Gerardo Diego. Una ciudad que fue casa y amor joven de Machado, agenda o breviario de estética para Gaya Nuño.

Quiero volver a la memoria de la rosa.

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Acerca de Ángel Almazán
Periodista y escritor. Webmaster de varios blogs y de Soriaymas.

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